Cuando la distancia dejó de ser suficiente

El silencio que nunca llega

Al despertar, revisé mi celular como de costumbre. Tenía varios mensajes en el grupo de WhatsApp de mi familia. Mi hermano, que vive en Canadá, había enviado un screenshot de la página sismológica de Colombia y, debajo, un mensaje que preguntaba: "¿Todos están bien?". Después de eso llegaron varios mensajes y llamadas sin contestar, algo que nunca pasa. Mis papás, cada mañana muy temprano, nos envían un mensaje. No importa dónde estemos, siempre aparece. Pero aquella mañana, en el grupo de mi familia, además de los mensajes de mi hermano, solo había silencio.

Luego llegaron unos mensajes de mi hermano que estaba en Armenia. No había podido comunicarse con su novia. Ellos se habían mudado a un apartamento nuevo apenas dos días antes. Yo todavía no entendía nada. Estaba en pijama y apenas comenzaba mi día cuando le dije a mi novio, con los ojos llorosos: "Algo pasó en Colombia, pero todavía no sé qué". Estaba confundida, pero sabía que algo malo estaba pasando. Era un sentimiento que jamás había vivido como migrante.

Intenté llamar a mis papás por WhatsApp, pero la llamada simplemente no entraba. Busqué noticias de Colombia y todavía no encontraba información clara. Entonces abrí Instagram y ahí comencé a entender lo que estaba sucediendo. Hacía apenas siete minutos, un amigo que vive en Cali había publicado una historia. Era un video en el que aparecía con los ojos llorosos diciendo: "Ayuda, el edificio acaba de caerse, ayuda".

La distancia que empieza a doler

En ese momento entendí algo que pocas veces pensamos quienes vivimos fuera del país: cuando ocurre una tragedia en casa, la distancia deja de medirse en kilómetros y comienza a medirse en minutos. Cada minuto sin una llamada, sin un mensaje, sin una respuesta, parece eterno. Uno no puede salir corriendo, no puede llegar hasta la puerta de la casa de sus papás, no puede comprobar con sus propios ojos que están bien. Solo puede mirar una pantalla, actualizar las noticias y repetir la misma pregunta una y otra vez: ¿están vivos?

Mi desesperación aumentó. Cali está cerca de Armenia, la ciudad donde nací, y si algo había ocurrido allí, era inevitable pensar que mi ciudad también podía estar afectada. Comencé a llamar a todos mis familiares y nadie contestaba. Mis amigos, muchos de ellos también del Eje Cafetero y ahora viviendo en Chicago, comenzaron a llamarme para preguntarme: "¿Tu familia está bien?". Y yo todavía no tenía una respuesta. Todo había ocurrido demasiado rápido.

Estaban bien

A las 7:58 a.m., mi mamá finalmente nos envió un audio. Estaban bien. Habían sentido varios movimientos muy fuertes, pero estaban bien. Mi mamá logró comunicarse con mi papá, quien estaba trabajando y había sentido el terremoto desde un tercer piso. Ellos ya habían vivido el terremoto del Quindío de 1999 y sabían lo que significaba sentir la tierra moverse de esa manera. Sin embargo, esta vez describieron la experiencia como una de las peores de sus vidas. Durante esos primeros minutos pensaron que podía ser el final.

Lo que veíamos desde lejos

El terremoto había ocurrido la mañana del 10 de agosto. Para ese momento todavía no conocíamos la dimensión real de la tragedia. Las cifras cambiarían durante los siguientes días, pero lo que nunca cambió fueron las imágenes: edificios afectados, familias buscando a los suyos, personas atrapadas, calles convertidas en escenarios de emergencia y una nación entera tratando de entender qué acababa de ocurrir.

Para quienes estábamos fuera, las redes sociales se convirtieron en nuestro informativo. Pero también se convirtieron en una ventana difícil de cerrar. Cada video podría ser una noticia sobre alguien que necesitaba ayuda, pero también podía contener la imagen de una calle que conocíamos, de un edificio por el que habíamos pasado o de una ciudad donde vivían nuestros padres, nuestros amigos o nuestros recuerdos.

Y ahí es donde quiero detenerme, porque hablar del miedo de un migrante frente a una tragedia como esta puede parecer, a primera vista, una forma de apropiarse de un dolor que no nos corresponde. Y no lo es, siempre que sepamos cuál es nuestro lugar. El verdadero dolor lo vivieron quienes estuvieron allí. Quienes quedaron atrapados. Quienes perdieron a sus padres, hijos, hermanos o amigos. Quienes vieron caer sus casas. Quienes tuvieron que dormir en la calle o abandonar el negocio que durante años les permitió sostener a su familia. Ellos son y serán siempre el centro de esta historia.

Pero quienes estábamos lejos también vivimos una forma particular de miedo: el de no saber.

Cuando la casa se convierte en refugio

La primera noche fue especialmente difícil. Las réplicas, la incertidumbre y la imposibilidad de comunicarnos con nuestras familias nos mantenían pegados al teléfono. En Colombia, miles de personas estaban viviendo el terremoto en carne propia. Fuera del país, miles más estábamos viviendo las consecuencias desde la distancia, esperando un mensaje, una llamada, una fotografía que confirmara que nuestros seres queridos seguían vivos.

En horas de la tarde yo ya tenía la certeza de que mi familia estaba viva. Pero mi hermano y su novia habían perdido su casa. Mis tías también habían sido afectadas. En cuestión de horas habían tenido que salir de sus hogares con lo que tenían puesto y buscar un lugar que pudieran considerar seguro. Y entonces apareció una pregunta que todavía me acompaña: después de vivir algo así, ¿existe realmente un lugar seguro?

Al día siguiente, la casa de mis papás se convirtió en un hogar de paso. Mi hermano, su novia, mis tías y cualquier otra persona que necesitara ayuda podía llegar allí. De repente, una casa que durante años había sido simplemente la casa de mis papás se convirtió en refugio para quienes habían perdido el suyo.

Colombia se mueve por los suyos

Los primeros días fueron una zozobra. Las réplicas continuaban, las noticias eran desalentadoras y todavía había familias esperando noticias de sus seres queridos. Pero, en medio de la tragedia, también ocurrió algo que nos recordó quiénes somos los colombianos: cuando uno de los nuestros necesita ayuda, el resto se mueve.

El mismo día del terremoto comenzaron a aparecer centros de acopio en Colombia y en diferentes lugares del mundo. En Chicago, me uní a Cielito Paradise, un coffee shop colombiano, para recaudar dinero destinado a la Cruz Roja. Nuestra meta era reunir 5.000 dólares. Terminamos recaudando más de 7.000. Otros negocios y miembros de nuestra comunidad también se sumaron. En cuestión de días comenzaron a salir cajas, suministros y ayudas hacia Colombia. Yo intenté ayudar de todas las maneras posibles. Voy a ser honesta: intenté mover cielo y tierra. Porque cuando una tragedia toca a los tuyos, ayudar deja de ser simplemente un acto de solidaridad. Se convierte en una necesidad. Era lo mínimo que podía hacer mientras estaba tan lejos.

Pero también aprendí algo incómodo: las tragedias naturales ocurren todos los días. Vemos una noticia, sentimos tristeza, decimos "qué pesar" y seguimos con nuestra vida. Solo cuando la tragedia tiene el nombre de alguien que conocemos entendemos realmente lo que significa. Cinco de mis amigos fallecieron. Familias cercanas a personas que quiero lo perdieron todo. Y de repente una noticia que antes podía parecer lejana se convirtió en parte de mi propia historia.

Veinte horas para volver

Los días posteriores al 10 de agosto fueron de trabajo, incertidumbre y reconstrucción. Recuerdo llamar a mis papás hasta 15 veces al día. Quería asegurarme de que estaban bien. Necesitaba escuchar sus voces y comprobar que esa realidad no cambiaría nuevamente en cuestión de segundos.

Hasta que el miércoles 26 de agosto decidí que tenía que ir a ver a los míos. Habían pasado 16 días desde el terremoto. Viajé durante más de 20 horas para llegar al Quindío. Mi vuelo fue retrasado, cambiado, aplazado y cancelado hasta siete veces, pero finalmente, el jueves 27 de agosto, llegué.

En el aeropuerto estaba mi mamá esperándome. Tenía lágrimas en los ojos y los brazos abiertos. La abracé y, en ese momento, pensé en las probabilidades de haber podido darle ese abrazo nuevamente. Después de todo lo ocurrido, volver a verla no se sentía como algo cotidiano. Se sentía como un privilegio.

Lo que encontré al llegar

Al llegar a Pereira, uno de los aeropuertos que tantas veces he utilizado para regresar a casa, pude ver la realidad apenas bajé del avión. Había zonas cerradas, estructuras afectadas y espacios que ya no funcionaban como antes. La realidad del terremoto estaba ahí, frente a mí. Ya no era una fotografía en Instagram. Ya no era un video enviado por WhatsApp. Era mi país, frente a mis ojos.

Después de abrazar a mis papás, nos montamos en el carro rumbo a Armenia. Pasamos por algunas de las zonas afectadas de Pereira y, mientras avanzábamos, comencé a ver una ciudad diferente. Paredes rasgadas, estructuras dañadas, familias viviendo en carpas, comerciantes obligados a desalojar sus negocios y personas intentando rescatar lo poco que quedaba. Ver lo que conocías convertido en escombros tiene una manera particular de doler.

La casa de mis papás tuvo daños menores. La de mi hermano, por el contrario, tuvo que ser desalojada. Sacaron lo que pudieron y le dijeron adiós al hogar que apenas dos días antes habían comenzado a llamar casa. O quizás al hogar que todavía estaban empezando a construir.

Durante mi estancia viví algunas de las consecuencias que desde Chicago solo podía imaginar: cortes de electricidad, mala señal de internet, racionamiento de agua y una incertidumbre constante. Pero también entendí que todas esas cosas eran pequeñas frente a quienes habían perdido no solamente sus pertenencias, sino a sus familiares, sus negocios, sus casas y la vida que conocían.

Recorrer lo que quedó

Recorrí Armenia. Recorrí sus calles y compré 45 mercados para intentar ayudar a quienes todavía lo necesitaban. Pero especialmente quise pensar en aquellos que muchas veces son los últimos en ser vistos después de una tragedia: los vendedores ambulantes, los trabajadores informales, quienes viven de lo que venden cada día y quienes no tienen una casa a la cual regresar. Porque reconstruir una ciudad no significa únicamente levantar edificios. También significa reconstruir las vidas de las personas que sostienen esa ciudad.

También fui a Quimbaya, uno de los municipios más hermosos del Quindío. Un lugar que conozco por sus calles, sus colores, sus edificaciones y, sobre todo, por su gente. En diciembre de 2025 había estado allí con mi familia, caminando por esas mismas calles, celebrando, compartiendo y fotografiando los faroles. El 29 de agosto de 2026 regresé, pero esta vez era diferente. La plaza y sus alrededores estaban cerrados y algunas estructuras tenían que ser evaluadas, reparadas o demolidas. Y ahí entendí que una ciudad no desaparece únicamente cuando sus edificios caen. También se transforma cuando desaparecen los lugares donde construimos nuestros recuerdos.

Quizás por eso las iglesias me golpearon de una manera especial. Para muchos colombianos, una iglesia no es simplemente una construcción. Es el lugar donde nos bautizaron, donde acompañamos a nuestros abuelos, donde nuestros padres se casaron, donde encendimos una vela por alguien que amábamos y donde, en algún momento de nuestras vidas, fuimos a pedir que todo estuviera bien. Crezcamos o no dentro de una religión, esos lugares forman parte de nuestra memoria colectiva. Cuando una iglesia se daña, no solamente se afectan sus paredes: también se toca una parte de la historia de una comunidad.

Una ciudad herida, pero de pie

Sin embargo, mientras caminaba por Armenia también entendí algo más. Una ciudad puede perder edificios y seguir teniendo alma. Puede perder calles y seguir teniendo identidad. Puede perder casas y seguir llamando hogar a quienes se niegan a irse. Eso fue lo que vi durante mi regreso: gente ayudando, compartiendo, cocinando para otros, abriendo las puertas de sus casas, recogiendo escombros, donando dinero desde otros países y preguntando, incluso después de haberlo perdido todo: "¿En qué puedo ayudar?".

Han pasado semanas desde aquel 10 de agosto, pero para muchas familias el terremoto todavía no termina. Las cámaras se irán, las noticias dejarán de hablar del tema y el país, inevitablemente, comenzará a ocuparse de otras cosas. Pero habrá familias que seguirán durmiendo fuera de sus casas, comerciantes que seguirán intentando recuperar sus negocios y comunidades enteras que necesitarán meses o años para reconstruirse.

Y quizá ahí está una de las responsabilidades más grandes de quienes contamos historias: no permitir que una tragedia desaparezca de la conversación simplemente porque dejó de ser noticia.

Porque la casa no siempre es un lugar

Yo regresé a Colombia pensando que iba a visitar a mi familia. Terminé entendiendo que también estaba visitando una versión de mi país que nunca había conocido: una Colombia herida, asustada y golpeada, pero también una Colombia que decidió levantarse. Regresé como hija, como hermana, como amiga y también como periodista; con la cámara y el teléfono en las manos, pero sobre todo con la responsabilidad de mirar con atención, escuchar y contar.

Porque contar una tragedia no significa apropiarse del dolor de quienes la vivieron. Significa intentar que sus historias no se pierdan entre las cifras, que los nombres no se conviertan simplemente en estadísticas y que, cuando las noticias hayan cambiado de tema, todavía exista alguien dispuesto a recordar lo que ocurrió.

Durante días, desde Chicago, mi única pregunta fue: "¿Están bien?". Cuando finalmente llegué a Armenia, descubrí que la pregunta era mucho más grande. ¿Cómo está mi ciudad? ¿Cómo está mi gente? ¿Cómo se reconstruye un lugar después de que la tierra te recuerda, en cuestión de minutos, que nada es permanente?

No tengo todas las respuestas.

Pero sí sé algo. Uno puede migrar. Puede cambiar de ciudad, cruzar fronteras, construir una nueva vida y aprender a llamar hogar a otro lugar. Pero hay tragedias que te recuerdan que la distancia nunca fue suficiente para separarte de casa.

Porque la casa no siempre es un lugar. A veces es una voz al otro lado del teléfono diciendo: "Estamos bien". A veces son los brazos de tu mamá esperándote en un aeropuerto.

Y a veces es una ciudad entera, herida y llena de escombros, que todavía te está esperando para que vuelvas. Yo volví.

Y esta vez no regresé solamente para contar lo que vi. Regresé para recordar por qué algunas historias merecen ser contadas incluso cuando el mundo deja de mirar. Armenia sigue allí. El Quindío sigue allí. Colombia sigue allí. Herida, sí. Pero de pie.

Y mientras haya alguien dispuesto a reconstruir, ayudar, recordar y contar, la historia tampoco habrá terminado.

Paula Andrea Sabogal Toro

Paula Andrea Sabogal Toro is a Colombian journalist, content creator, and storyteller based in Chicago. Originally from Armenia, Quindío, she holds a degree in Social Communication and Journalism from Universidad del Quindío and has built her career across journalism, photography, digital media, and marketing. Through her platform @ohhpauli, Paula shares stories about immigration, Colombian culture, life in the United States, and the experiences that connect her community across borders. She is also the founder of Toro Media Group LLC.

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